Sólo una abogada feminista podía salvar a Lisbeth Salander

I. Introducción

Cuando se trata de plasmar las vicisitudes que atraviesa el ser humano frente al sistema de justicia, la literatura universal ha hecho un magnífico (y crítico) trabajo. Así, tenemos a Mr. Pickwick, ese noble personaje de Charles Dickens (1837) caído en desgracia por una condena de prisión por deudas que tuvo como origen un error romántico de Mrs. Bardell; el drama inesperado de Sherman McCoy, el personaje de Tom Wolfe (1931), quien de sentirse “dueño del mundo” pasó a ser procesado por un confuso accidente obra de su amante y repudiado por la hipócrita sociedad norteamericana de finales de los ochenta del siglo XX; la demanda frente al Dux de Venecia del prestamista judío Shylock para obtener una libra de carne del cuerpo de Antonio, quien se endeuda para cortejar a la rica Porcia, en la conocida obra teatral de William Shakespeare (1596?); el dolor e impotencia de Dimitri o “Mitia” Karamazov al ver frustrada la consumación de su amor con la femme fatale Grúshenka, porque es procesado por el asesinato de su padre a quien, en efecto, deseaba matar, en la monumental novela escrita por Fiodor Dostoievski (1880), autor de otro clásico de la literatura en donde aborda la expiación del crimen-pecado cometido por Rodión Raskólnikov gracias al amor y bondad de una mujer, Sonia; y la famosa novela -llevada con éxito al cine- de Harper Lee (1960), en donde el abogado Atticus Finch defiende ante los tribunales a un hombre negro acusado prejuiciosa e injustamente de violar a una mujer blanca. Sin duda hay muchos escritores de todas las épocas que se interesaron por recrear la realidad judicial de sus sociedades, no obstante, es casi nulo el número de obras con personajes femeninos que participen en procesos y juicios, ya sea en el rol de víctimas, abogadas, fiscales, testigos o juezas pero, sobre todo, en el rol de acusadas en el marco de un proceso penal. Y ello es, por decirlo menos, curioso y falto de sinceridad, puesto que en innumerables obras cumbre de la literatura, las mujeres -Medea, las hijas del Cid, Julieta, Elizabeth Benneth, Emma Bovary [1], Anna Karenina, Clarisa Dalloway y muchas más-, han sido “acusadas” y “enjuiciadas” por la  moralidad social.

Sin embargo, si el amable lector estuvo atento, recordará que al explicitar la situación del “canon” literario en lo que respecta a procesos penales, señalamos que la participación activa de las mujeres era “casi nula”. Y nuestra cuidadosa afirmación es correcta por cuanto nos topamos con la saga Millenium, compuesta por cinco novelas – las tres primeras creadas por el periodista sueco Stieg Larsson (2004) y las dos últimas continuadas por su compatriota David Lagercrantz (2015 y 2017) a raíz de la temprana muerte de aquel-. Es por eso que, en el presente ensayo, estudiaremos el juicio contra Lisbeth Salander relatado en La reina en el palacio de las corrientes de aire, tercer libro de la saga, en donde se inserta el personaje de la abogada Annika Giannini, pieza clave en la defensa jurídica de la heroína hacker.

II. La saga Millenium

2.1. Sobre el autor y la saga

Stieg Larsson (Umea, 1954 – Estocolmo, 2004) trabajó principalmente como periodista toda su vida, en especial, denunciando las actividades neonazis y políticas ultraderechistas en Suecia y Europa. Compartió su activismo político de izquierda -y su vida- con Eva Gabrielsson, quien luego del rotundo éxito mundial de las tres primeras novelas de Millenium, publicó un libro en tono autobiográfico (2012) sobre su relación de treinta y dos años con el escritor.    

Como buen lector de la novela negra o policial [2], su primer -y único- producto literario fue la historia de Lisbeth Salander, una joven mujer sueca de estilo gótico y punk y memoria fotográfica, extraordinariamente dotada para los ordenadores y las matemáticas avanzadas, pero con cero habilidades interpersonales, cuya férrea moralidad justifica los medios ilegales que utiliza -principalmente, el hacking- si de salvarse a sí misma y salvar a otras mujeres se trata; y Mikael Blomkvist, un periodista independiente especializado en criminalidad económica y fundador de la revista Millenium, que ayuda lealmente a Lisbeth Salander a descubrir los entresijos de su oscuro pasado, lleno de violencia estatal e intrafamiliar por ser la hija de Alexander Zalachenko, un importante y sanguinario exespía de la Unión Soviética asilado en Suecia.   

La saga Millenium está compuesta, en orden, por los siguientes títulos:

Originales de Stieg Larsson:

  • Los hombres que no amaban a las mujeres (Män som hatar kvinnor, 2005);
  • La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina (Flickan som lekte med elden, 2006); y
  • La reina en el palacio de las corrientes de aire (Luftslottet som sprängdes, 2007)

Originales de David Lagercrantz:

  • Lo que no mata te hace más fuerte (Det som inte dödar oss, 2015); y
  • El hombre que perseguía su sombra (Mannen Som Sökte Sin Skugga, 2017) [3].

2.2. Personajes

Hasta el juicio de Lisbeth Salander, desarrollado en La reina en el palacio de las corrientes de aire, los personajes que aparecen con rol protagónico son:

  • Lisbeth Salander, (a) Wasp. Veintisiete años. 1.5 m. de estatura. De complexión delgada y frágil. Hija de la ciudadana sueca Agneta Sofia Salander que la tuvo con diecisiete años y el desertor ruso Alexander Zalachenko, hermana de Camilla y medio hermana de Ronald Niedermann. Hacker y ciudadana de “Hacker Republic”. Trabaja como investigadora freelance en Milton Security. Con estatus jurídico de incapacidad.

A favor de Lisbeth Salander:

  • Mikael Blomkvist, (a) “Kalle” Blomkvist. Bordea los cuarenta años. Periodista especializado en criminalidad económica y financiera. Fundador de la revista Millenium. Amigo y expareja de Lisbeth. Amante de Erika Berger y de Mónica Figuerola.
  • Annika Giannini. Hermana menor de Mikael. Annika tenía dos hijas: Monica, de trece años, y Jennie, de diez, fruto de su matrimonio con Enrico Giannini. Abogada especialista en derechos de la mujer, graduada en Psicología. Ejerce como litigante en el juicio penal contra Lisbeth.
  • Holger Palmgren. Abogado. Primer tutor de Lisbeth asignado por la Comisión de asuntos sociales del Estado sueco. Interconsulta de Annika Giannini en el juicio.
  • Anders Jonasson. Médico cirujano del hospital de Sahlgrenska de Gottenburgo.
  • Dragan Armanskij. Jefe de Lisbeth Salander y dueño de Milton Security.
  • “Hacker Republic”. Sociedad secreta virtual de hackers anarquistas de élite conformada por (a) Wasp -alter ego cibernético de Lisbeth- y sus amigos (a) Plague, (a) Trinity, (a) Bob the Dog, (a) Poison, and (a) SixOfOne.
  • Millenium. Revista de periodismo político y económico fundada por Mikael Blomkvist y Erika Berger. Los asistentes eran, aparte de Erika, la secretaria de redacción Malin Eriksson, el socio y jefe de fotografía y maquetación Christer Malm, la reportera Monika Nilsson y los periodistas contratados a tiempo parcial Lottie Karim y Henry Cortez.
  • “Policía abierta”. En referencia a los inspectores Jan Bublanski, Sonja Modig y Jerker Holmberg, de la policía local de Estocolmo, entre otros de la policía regional. Colaboran con el Departamento de Protección Constitucional.
  • Departamento de Protección Constitucional de la Policía de Seguridad. Órgano de la Säpo, encargado de investigar violaciones a la Constitución, que tiene como jefe a Torsten Edklinth, quien le pide apoyo a la inspectora Monica Figuerola para iniciar una investigación formal en secreto sobre el asunto Zalachenko.

En contra de Lisbeth Salander:

  • Alexander Zalachenko, (a) Karl-Axel Bodin, “Zala”. Padre de Lisbeth, Camila y Niedermann. “Mi padre era un psicópata, un asesino y un maltratador de mujeres llamado Alexander Zalachenko. Trabajó como agente ilegal en la Europa occidental para el servicio de inteligencia militar de la Unión Soviética, el GRU”, son las palabras de Lisbeth respecto a su progenitor. Asilado por la Säpo sueca, después de la caída de la Unión Soviética, como tantos otros, se convirtió en un gánster a jornada completa, involucrándose en negocios de trata de blancas, armas y drogas.
  • Nils Bjurman. Abogado. Segundo tutor de Lisbeth asignado por la Comisión de asuntos sociales del Estado sueco, al enfermarse Palmgren. Ciudadano “ejemplar”, que dona dinero frecuentemente a GreenPeace. Tatuado en el estómago por Lisbeth con la frase: “soy un sádico cerdo, un hijo de puta y un violador”.
  • Peter Teleborian. Prestigioso psiquiatra jefe del Sankt Stefan, clínica en la que internaron a Lisbeth durante su adolescencia temprana. Sádico y pedófilo. Colaborador de “La Sección”. Testifica contra Lisbeth en el juicio, pidiendo su internamiento psiquiátrico.
  • Richard Ekström. Fiscal que formula la acusación contra Lisbeth. Asesorado extraoficialmente por “La Sección”.
  • Ronald Niedermann. Ciudadano alemán, hijo de Alexander Zalachenko. Padece de analgesia congénita, lo que no le permite sentir dolor físico.
  • Sección de Análisis Especial, “La Sección”, “El club de Zalachenko”. División secreta de la Säpo (policía de seguridad del Estado Sueco), conformada por (a) Jonas Sandberg, (a) Gunnar Bjork, (a) George Nystrom, (a) Evert Gullberg, (a) Frederik Clinton.
  • Svavelsjo MC. Banda criminal operativa en Suecia, liderada por Sony Nieminem, que en un principio apoya a Ronald Niedermann.
  • Hans Faste. Inspector de la “policía abierta” de Estocolmo.

2.3. Estructura argumentativa

La reina en el palacio de las corrientes de aire inicia con las consecuencias médicas del explosivo enfrentamiento entre Lisbeth Salander y su padre Alexander Zalackenko, quien junto a su otro hijo y medio hermano de Lisbeth, el feroz Ronald Niedermann, la entierran viva. Lo que ambos sujetos no tenían previsto era que Lisbeth es una sobreviviente y, como tal, volvió de su tumba para acabar de una vez por todas con el viejo “Zala” clavándole un hacha en el cráneo. Gracias a la intervención del periodista Mikael Blomkvist, que fue en búsqueda de Lisbeth, padre e hija -ésta con una bala en la cabeza y otra en el hombro- son internados en la unidad de urgencias del hospital de Sahlgrenska de Gottenburgo.

El escándalo mediático que persigue a Lisbeth desde que la policía informó que era sospechosa del asesinato de los investigadores especialistas en trata de blancas y prostitución en Europa del Este, Dag Svensson y Mia Bergman (parte de la trama del libro anterior, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina), se acrecienta cuando le imputan la tentativa de parricidio. En total, el fiscal Richard Ekstrom abre la instrucción del sumario en su contra por dieciséis cargos. La noticia también llega a oídos de un viejo grupo de espías ultrasecretos creadores de “La Sección” dentro de la policía de seguridad del Estado sueco (Säpo). Ellos, temiendo la posibilidad de que se descubra la verdad sobre su protegido, el exespía del servicio de inteligencia militar de la Unión Soviética y padre de Lisbeth, buscarán por todos los medios mantener el secreto de sus actividades pasadas -y su actual subsistencia como organización criminal-.

Así, la novela tiene tres escenarios-momentos principales: primero, la estancia de Lisbeth en el hospital de Sahlgrenska, desarrollada en la primera parte del libro, en el que conoceremos mejor a la “asocial”  Lisbeth a través de las relaciones interpersonales que entabla con su médico, Anders Jonasson, su abogada, Annika Giannini, así como con los “ciudadanos” de Hacker Republic. Inclusive vemos un acercamiento al personaje de Erika Berger, co-fundadora de Millenium, cuando ésta es acosada sexualmente por un anónimo de internet. Segundo, las acciones de espionaje de “La Sección” y el contraataque de los periodistas de Millennium que -teniendo como consigna que la información es poder-, introducen datos falsos para confundir a los de la Säpo, e intercambian información tanto con la policía abierta como con el Departamento de Protección Constitucional. Y, tercero, el juicio contra Lisbeth Salander, que analizaremos a continuación.

III. Análisis feminista del juicio a Lisbeth Salander

3.1. Lisbeth es llevada a juicio

Mientras que para los medios de comunicación Lisbeth solo es una violenta lesbiana de prácticas sadomasoquistas (datos sobre su persona que introduce morbosamente el conservador y machista inspector Hans Faste); para la facción podrida del Estado sueco -léase, “La Sección”-, es una peligrosa joven a la que hay que encerrar nuevamente en el hospital psiquiátrico porque, si habla de su padre, destruiría el secretismo que rodea a la organización criminal de espías, desde hace más de veinte años y, para ello, manipulan formas legales -el juicio- y utilizan medidas ilegales. Sin embargo, ni Larsson ni Lagercrantz se permiten enjuiciar a Lisbeth en ningún momento por sus actividades de hacking (por ejemplo, el vaciado de cuentas del magnate financiero Wennerstrom, ocurrido al final del primer libro), que según la historia, le podrían haber costado como mínimo dos años de cárcel. Así, desde un plano ético, en el universo Millenium, si el fin es justo, están moralmente permitidos los medios ilícitos a los que acude la protagonista, alineándose con la filosofía de Nietzsche. No es casualidad que Lagercrantz decidiera que el cuarto libro se titule con una frase del autor alemán: Lo que no te mata te hace más fuerte.

En el capítulo 25 de La reina en el palacio de las corrientes de aire se recrea la fase oral del proceso penal de carácter acusatorio [4] seguido contra Lisbeth Salander, teniendo como sujetos procesales al íntegro juez Jörgen Iversen, en calidad de presidente del tribunal, a su asesor y a los vocales; al fiscal Richard Ekstrom como parte acusatoria y, en calidad de acusada, a Lisbeth, representada magistralmente por la joven abogada Annika Giannini, quien cuenta con apoyo del anciano abogado Holger Palmgren, ex tutor de Lisbeth.

La vista oral se lleva a cabo el 12 de julio del 2004 (¿?) a las 10 am, en la sala 5 del tribunal de Estocolmo, donde Lisbeth debe enfrentar dieciséis cargos como presunta autora de los siguientes delitos: amenazas ilícitas, intento de homicidio y lesiones graves en el caso del fallecido Karl-Axel Bodin (o Alexander Zalachenko, su padre), que sin duda era la incriminación más grave, por la cual el fiscal incluso solicitó la reserva del juicio; lesiones graves en agravio de Carl-Magnus Lundin (de la banda criminal de Svavelsjo MC); robos, uno en la casa de campo que el difunto letrado Nils Bjurman poseía en Stallarholmen, y otro en el piso que éste tenía en Odenplan; utilización ilícita de vehículos de motor ajenos, específicamente una Harley-Davidsson propiedad de Sonny Nieminem, miembro de Svavelsjo MC; tenencia ilícita de armas, por portar un bote de gas lacrimógeno, una pistola eléctrica y la P-83 Wanad polaca que se halló en la casa de Zalachenko en Gosseberga; así como robo u ocultación de pruebas, en referencia a la documentación (sobre sí misma) que Lisbeth encontró en la casa de campo de Bjurman; entre otros delitos menores que no se especifican. Cabe señalar que todos los hechos materia de imputación ocurrieron en el marco del libro anterior de la extensa saga.

El juicio inicia con el alegato inicial del fiscal Ekstrom, cuya teoría del caso contra Lisbeth se basa principalmente en tres piezas probatorias de carácter documentario: 1) en el informe dactiloscópico y otros informes técnicos de la brigada forense de la policía de Gotemburgo, que concluyen que se encontraron huellas de la acusada en el arma de fuego, una P-83 Wanad polaca encontrada en la casa de Zalachenko; 2) en el examen psiquiátrico forense realizado por el doctor Jesper H. Loderman -estudiante de Peter Teleborian-, el dia en que Lisbeth cumplió dieciocho años; y 3), en un informe redactado por el doctor Peter Teleborian -psiquiatra de Lisbeth desde los 11 años-, a solicitud del tribunal. Como Lisbeth, fiel a su costumbre, se negaba categóricamente a hablar con los psiquiatras (y en general, con todo tipo de autoridad), los citados análisis se efectuaron basándose en “observaciones” que ya comenzaron a hacerse un mes antes del juicio, desde el mismo momento en que ingresó en Kronoberg, Estocolmo, en régimen de prisión preventiva. El fiscal, repitiendo las conclusiones de Peter Teleborian, remarcó ante el tribunal que Lisbeth Salander sufría un grave trastorno psíquico, empleando términos como psicopatía, narcisismo patológico y esquizofrenia paranoide, para deslegitimar la “autobiografía” de Lisbeth, redactada por ésta durante su estancia en el hospital y presentada como parte de la estrategia de su defensa técnica. En consecuencia, solicita su asistencia psiquiátrica forzosa, que se dicte sentencia penitenciaria en su contra y el mantenimiento de la declaración de incapacidad.

Larsson narra así el alegato inicial de la abogada Annika Giannini:

“La exposición inicial de Ekstrom duró poco más de veintidós minutos. Luego le tocó el turno a Annika Giannini. Su réplica duró treinta segundos. Su voz fue firme.

—Esta defensa rechaza todos los cargos a excepción de uno: mi clienta se declara culpable de la tenencia ilegítima de armas que supone el bote de gas lacrimógeno. en la totalidad de los demás cargos de los que se le acusa, mi clienta niega cualquier responsabilidad o intención criminal. Vamos a demostrar que las afirmaciones del fiscal son falsas y que mi clienta ha sido objeto de graves abusos judiciales. Exijo que se le declare inocente, que se anule su declaración de incapacidad y que sea puesta en libertad.”

Concluidos los alegatos iniciales de ambas partes, el tribunal da paso a la actuación de las pruebas presentadas, a través del interrogatorio a Lisbeth Salander y la declaración de testigos presentados por ambas partes.

“—Bueno —dijo Ekström con un tono de voz razonable—. Vayamos directamente a los acontecimientos de la casa de campo del difunto letrado Bjurman, en las afueras de Stallarholmen, ocurridos el seis de abril de este mismo año y que constituyen el punto de partida de la exposición que realicé esta mañana. Intentemos aclarar las razones que la llevaron a ir a Stallarholmen y pegarle un tiro a Carl-Magnus Lundin.
Ekström intimidó a Lisbeth Salander con la mirada. Ella siguió sin inmutarse.
De repente, el fiscal pareció resignarse. Hizo un gesto con las manos y pasó a contemplar al presidente del tribunal: al juez Jörgen Iversen se lo veía pensativo. Acto seguido, miró de reojo a Annika Giannini, que seguía inmersa en la lectura de sus papeles, ajena por completo a su entorno.
El juez Iversen carraspeó. Luego se dirigió a Lisbeth Salander:
—¿Debemos entender su silencio como que no quiere contestar a las preguntas? —preguntó.
Lisbeth Salander giró la cabeza y se enfrentó con la mirada del juez Iversen.
—Contestaré con mucho gusto a las preguntas —le respondió.
El juez Iversen asintió.
—Entonces, ¿por qué no contesta a mi pregunta? —terció el fiscal Ekström.
Lisbeth Salander volvió a mirar a Ekström. Permaneció callada.
—¿Hace usted el favor de contestar a la pregunta? —intervino el juez Iversen. Lisbeth giró nuevamente la cabeza hacia el presidente de la sala y arqueó las cejas. Su voz sonó fuerte y clara.
—¿Qué pregunta? Hasta ahora —señaló con un movimiento de cabeza a Ekström— no ha hecho más que una serie de afirmaciones no confirmadas. Yo no he oído ninguna pregunta.”

Luego del largo interrogatorio realizado a Lisbeth, Ekstrom llama a declarar como testigos a Ulrika von Liebenstaahl, de la comisión de tutelaje, quien declara a favor de la integridad moral y profesional del abogado Bjurman, con el objetivo de destruir toda posibilidad de agresión sexual cometida por el susodicho en agravio de Lisbeth, tal como ella señalaba en su autobiografía; y a  Melker Hansson, de la brigada forense de la policía de Gotemburgo, con el objetivo de acreditar la relación causal entre las huellas encontradas en la P-83 Wanad polaca y el hecho de que Liseth la hubiera utilizado con el móvil de matar a su padre; a quien Giannini realiza el contrainterrogatorio en los siguientes términos:

“—Señor Hansson, ¿hay algo, lo que sea, en su investigación y en toda la documentación forense que ha recopilado que, de alguna manera, pueda determinar que Lisbeth Salander esté mintiendo sobre el objetivo de su visita a Gosseberga? ¿Puede usted probar que ella fue allí para matar a su padre?
Melker Hansson reflexionó un instante.
—No —dijo finalmente.
—Entonces, ¿no puede pronunciarse sobre las intenciones de Salander?
—No.
—¿Quiere eso decir que la conclusión del fiscal Ekström, aun siendo elocuente y detallada, es por lo tanto una mera especulación?
—Supongo que sí.
—¿Hay algo en las pruebas forenses que contradiga la afirmación de Lisbeth Salander de que se llevó el arma polaca, una P-83 Wanad, por pura casualidad? ¿Algo que contradiga que simplemente se hallaba en su bolso porque, tras habérsela quitado el día anterior a Sonny Nieminen en Stallarholmen, no supo qué hacer con ella?
—No.
—Gracias —dijo Annika Giannini. Acto seguido, se sentó. Fueron sus únicas palabras durante la hora que duró la declaración de Hansson.”

En el segundo día del juicio, el fiscal Ekström presenta a su testigo clave del caso: el doctor Peter Teleborian, psiquiatra del Sankt Stefan de Uppsala, quien hace gala de su profundo conocimiento sobre el estado mental de su paciente, a través de prejuiciosos comentarios sobre sus hábitos sexuales, su vestimenta, su hostilidad a la autoridad y hasta de sus llamativos piercings y tatuajes. Frente a ello, a su turno, la abogada Giannini replicó:

“—A día de hoy las pruebas se apoyan, única y exclusivamente, en Peter Teleborian. Si él tuviera razón, todo sería perfecto: en tal caso, lo que más le convendría a mi clienta sería recibir esos especializados cuidados médicos de los que hablan tanto él como el fiscal.
Pausa.
—Pero si el doctor Teleborian se equivoca, el asunto toma un cariz completamente distinto. Y si, además, miente conscientemente, entonces estamos hablando de que ahora mismo mi clienta está siendo objeto de una violación de sus derechos que se ha venido cometiendo durante muchos años.
Se dirigió a Ekström.
—Lo que esta tarde haremos será demostrar que su testigo se equivoca y que a usted, como fiscal, le han engañado vendiéndole todas esas falsas conclusiones.
Peter Teleborian mostró una complacida sonrisa. Hizo un gesto con las manos y movió la cabeza invitando a Annika Giannini a continuar.”

Y, tal como prometió ante el juez, la abogada Giannini sustenta todas sus afirmaciones, desbaratando la teoría del caso del fiscal.

3.2. Giannini, la otra heroína de Millenium

Siguiendo la consigna de su clienta de no hablar con ninguna autoridad porque sabe de antemano que no le van a hacer caso, la abogada Annika Giannini no reveló nada de su estrategia de defensa a la prensa amarilla que, apabullantemente, había presentado a Lisbeth ante la opinión pública como una lesbiana satánica. El personaje de Giannini, presentado accesoriamente en el primer libro Los hombres que no amaban a las mujeres, toma cuerpo de forma intensa en la tercera obra, desde que su hermano Mikael le propone que acepte defender a Lisbeth ante los tribunales. Con ética profesional, ante la formulación de la propuesta, Giannini -con experiencia en la defensa de derechos de las mujeres- responde que ella no es una litigante penal, sin embargo, Mikael la convence que ella es idónea para asumir el caso luego de contarle la historia de Lisbeth.

Al asumir la defensa de Lisbeth, la idoneidad profesional de Annika Giannini se ve cuestionada muchas veces, y un ejemplo de ello es el diálogo que sostiene con el fiscal Richard Ekstrom dos días antes del juicio:

“—Bajo ninguna circunstancia desearía expresarme de una manera que pueda malinterpretar como una falta de respeto. No es mi intención. En este país contamos con una ley de enjuiciamiento criminal. Pero, señora Giannini, usted es abogada de temas relacionados con los derechos de la mujer y nunca jamás ha defendido a un cliente en un proceso penal. Yo no he dictado auto de procesamiento contra Lisbeth Salander porque sea mujer, sino porque ha cometido graves delitos violentos. Creo que usted también se ha dado cuenta de que sufre un considerable trastorno psíquico y de que necesita los cuidados y la asistencia que el Estado le pueda facilitar.

—Permítame que le ayude – se ofreció, amable, Annika Giannini-: tiene usted miedo de que yo no sea capaz de ofrecerle una defensa satisfactoria a mi clienta.

—No hay ninguna intención despectiva en mis palabras -le explicó Ekstrom-. No estoy cuestionando su competencia; tan solo he señalado que usted carece de experiencia.

—Entiendo. Déjeme que le diga que estoy completamente de acuerdo con usted: tengo muy poca experiencia en procesos penales.

—Y, aun así, ha rechazado sistemáticamente la ayuda que le han ofrecido otros abogados mucho más duchos en la materia.

—Cumplo los deseos de mi clienta. Lisbeth Salander quiere que yo sea su abogada, así que dentro de dos días la representaré en el juicio. 

Annika mostró una educada sonrisa.”

Con esa respuesta, la abogada Giannini demuestra que está acostumbrada a que cuestionen su capacidad profesional en razón de su especialidad y de su género [5], pero que eso no la lleva a dejarse amedrentar. Ya en el juicio, se defiende de la falacia de autoridad del doctor Peter Teleborian durante el incómodo contrainterrogatorio al que lo somete Giannini:

“—Con todos mis respetos, señora Giannini: yo soy médico. Imagino que mi competencia en ese campo resulta algo mayor que la suya. Mi trabajo es juzgar qué tratamientos son los más adecuados.
—Es verdad que no soy médica, doctor Teleborian. Aunque lo cierto es que lo que se dice competencia no me falta del todo, pues, además de abogada, soy licenciada en psicología por la Universidad de Estocolmo. Es algo más que necesario para mi profesión.
Un silencio total invadió la sala. Tanto Ekström como Teleborian miraron atónitos a Annika Giannini. Ella continuó, implacable.”

La clave en la teoría del caso de Giannini es denunciar cada una de las vejaciones contra la dignidad e integridad de Lisbeth Salander cometidas por los tentáculos de “La Sección” desde su infancia, así como el abuso sexual al que fue sometida por su tutor Bjurman, lo cual implicaba negar el punto de partida de la acusación: que Lisbeth era una psicópata y requería internamiento permanente. Pues bien, aunque el autor no consideró la posibilidad de introducir como prueba un examen psiquiátrico de parte -comprensible por la actitud de Lisbeth hacia los médicos-, la realidad es que la estrategia de Giannini tenía sustento, tal como escribieron dos expertas en The Journal of the American Academy of Psychiatry and the Law, a propósito del caso Salander.

“Hacia el final de la tercera película y novela, entendemos las bases de la conducta y personalidad de Salander. Queda claro que el Trastorno de Estrés Postraumático (PTSD, por sus siglas en inglés) es un diagnóstico más apropiado para Salander que el Desorden de Personalidad Antisocial o la psicopatía. Un autor de psicología forense completó el PCL-R y señaló que el puntaje de Salander podría ser 14, muy por debajo del límite para la psicopatía. El síndrome de Asperger y el Desorden de Personalidad Esquizoide tampoco pueden ser admitidos basado en su capacidad para el amor y la conexión. La lejanía emocional de Salander, su hipervigilancia, y los recuerdos intrusivos de sus traumas sugieren  un trastorno de estrés postraumático.” (CERNY & FRIEDMAN 2013: 320; la traducción es nuestra)

Y es que, como le dice Mikael Blomkvist a su hermana menor, “esta historia no va de espías y sectas estatales, sino de la violencia que se comete contra las mujeres y de los hombres que lo hacen posible”, por lo que el enfoque con perspectiva de género para evaluar pruebas y desmenuzar imputaciones se hace absolutamente necesario. Y quién mejor para hacerse cargo que la joven abogada feminista Giannini.

Cabe indicar que Giannini continúa su relación profesional y amical con Lisbeth en los siguientes libros de la saga. Por ejemplo, a pedido de su ex clienta, en El hombre que perseguía su sombra, asume la defensa de la joven bengalí Fariah Kazi, acusada de asesinato injustamente, en el que también realizará litigación estratégica en clave feminista.

3.3. Reflexión final en clave de Filosofía del Derecho y teoría feminista

Al testimonio personal, que no es otra cosa que la expresión de un punto de vista moral sobre una vivencia desde las propias emociones, se le desacredita fácilmente como fuente de deliberación pública porque, al estar influido justamente por las emociones, carecería de toda racionalidad. Ello es así porque el liberalismo político, con una distinción fuerte entre lo público y lo privado, ha restringido el “valor” del testimonio personal a los confines del espacio privado, bajo el culto de una concepción estrecha de la racionalidad, con el objetivo de garantizar la neutralidad axiológica frente a las distintas concepciones de vida buena; marcando la pauta de un modelo democrático deliberativo, que negaría la posibilidad de llegar al ansiado consenso entre experiencias absolutamente subjetivas como los testimonios.

Pero este derrotero de la democracia liberal frente al testimonio personal es altamente cuestionable. Esta falsa neutralidad y falso consenso liberales someten a una situación de injusticia a quienes no tienen un logos o discurso propio porque rompen con el modelo hegemónico de sujeto-que-delibera. Y cuando el sujeto históricamente silenciado y, por ende, socialmente excluído, decide/intenta hablar, es silenciado por el foro porque su testimonio carece de credibilidad.

En esta línea, también puede cuestionarse la distinción fuerte entre lo público y lo privado del liberalismo político, ya que sería el pretexto ideológico (por ejemplo, machista) para silenciar testimonios de víctimas de violencia estructural (para seguir con el ejemplo, mujeres víctimas de violencia doméstica). Por ello, del lado de una lectura amplia de la racionalidad, consideramos que es necesaria una comprensión distinta de la democracia, entendida como el espacio de posibilidades para subsanar el formalismo que envuelve el sujeto-que-delibera, a partir de la identificación de los problemas de exclusión política en la sociedad, reconociendo al que se encuentra en un estatus de desventaja social porque carece de un logos propio y defendiendo el desarrollo de los espacios extra-institucionales para que su voz se escuche.

Elegimos La reina en el palacio de las corrientes del aire, porque es un buen ejemplo de cómo el testimonio de una víctima de violencia de género en un contexto institucional (jurídico) muchas veces no tiene valor alguno. Uno lee el libro y siente impotencia frente al sistema de justicia que no la escuchó cuando, con once años, denunciaba el maltrato físico y psicológico perpetrado por el padre contra la madre, y comprende perfectamente luego de ello porque la joven desconfía radicalmente de la autoridad, dejando impune la salvaje violación sexual que sufrió por parte de su tutor. Por ello, consideramos que la lectura de esta saga permitiría comprender que la empatía y la búsqueda de justicia no son actividades que tienen que correr por cuerdas separadas, sobre todo en casos de violencia de género, donde los operadores de justicia se muestran incapaces de escuchar realmente el testimonio de la víctima. Así también, la lectura de esta obra contribuiría a la discusión sobre la interacción entre el feminismo con la teoría del derecho, la victimología, el proceso penal, entre otros, porque son discusiones teóricas que tienen como presupuesto la crítica a la presunta objetividad (neutralidad) del Derecho liberal, y al rol de las emociones en la racionalidad judicial.

IV. Referencias

CERNY, Cathleen A. & FRIEDMAN, Susan Hatters. “The Girl With the Dragon Tattoo: Forensic Psychiatric Perspectives”, en: The Journal of the American Academy of Psychiatry and the Law, Volume 41, Number 2, pp. 319-321, 2013.

LARSSON, Stieg. Los hombres que no amaban a las mujeres (Serie Millennium 1), Barcelona: Ediciones Destino, 2009.
LARSSON, Stieg. La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina (Serie Millennium 2), Barcelona: Ediciones Destino, 2009.
LARSSON, Stieg. La reina en el palacio de las corrientes de aire (Serie Millennium 3), Barcelona: Ediciones Destino, 2009.

LAGERCRANTZ, David. Lo que no te mata te hace más fuerte (Serie Millennium 4), Barcelona: Ediciones Destino, 2015.

LAGERCRANTZ, David. El hombre que perseguía su sombra (Serie Millennium 5), Barcelona: Ediciones Destino, 2017.


[1] Casi como triste parodia de nuestra afirmación, Emma Bovary fue “llevada a juicio” por la sociedad francesa en 1857, condenándose a su autor, Gustave Flaubert, por el delito de obscenidad.

[2] El género conocido como “novela negra” o novela policial ha sido muy cultivado por los escritores suecos, así tenemos a los esposos Per Wahloo y Maj Sjowall, Henning Mankell, Jan Guillou, Liza Marklund, Inger Frimansson, Aino Trosell, Håkan Nesser, Åke Edwardson, Arne Dahl, Leif GW Persson, Camilla Läckberg y Åsa Larsson, por citar sólo unos cuantos.

[3] Hasta la fecha, es el único libro que no cuenta aún con adaptación cinematográfica.

[4] El sistema acusatorio es graficado en la doctrina procesal penal como la respuesta moderna frente al tradicional sistema inquisitivo. Como diferencia principal tenemos que el rol de acusador ya no recae en la figura del juez, quien ahora se dedica sólo a juzgar luego de escuchar la oralización de la acusación por parte del fiscal -titular de la acción penal- y la defensa técnica del acusado -y, de ser necesario, de otros sujetos procesales como el actor civil y el tercero civil responsable-, en igualdad de armas. El Perú, por ejemplo, ha adoptado el modelo acusatorio desde el año 2004, a través del nuevo Código Procesal Penal.

[5] Respecto al ejercicio del derecho -en especial, del derecho penal- por parte de las mujeres en el Perú y la importancia de la litigación con enfoque de género, tenemos un breve artículo titulado “Mujeres penalistas: mitad víctimas, mitad cómplices”, publicado en la plataforma virtual de la Asociación civil Foro Académico. Disponible en: http://www.parthenon.pe/publico/penal/mujeres-penalistas-mitad-victimas-mitad-complices/ (Consultado: 16 de diciembre del 2018).

Escrito por Angela Padilla Trinidad
Artículo publicado en www.radicaleslibres.pe