Prisión y muerte

Del desgarrador “por favor, no me maten” proferido por un demacrado Alberto Fujimori desde la clínica pidiendo no regresar a la Diroes luego de la anulación de su indulto trucho, hasta la condena mediática que se está desatando contra los “carceleros” fiscales y jueces del caso Odebrecht so pretexto del triste suicidio de Alan García antes de ser detenido en su vivienda; las emociones políticas en el Perú están bastante agitadas.

¿Quiénes son los responsables?


“Verdaderamente este hombre era justo”, dijo el centurión a los soldados romanos luego de crucificar a Jesús de Nazareth. Aun cuando la lógica cristiana dicta que el arrepentimiento conlleva la gracia divina, lo cierto es que el daño irreparable ya estaba hecho: el Hijo de Dios, siendo inocente, había padecido la condena mortal destinada a los peores criminales de la época. Contemporáneamente, no es descabellado afirmar que el dictado de las medidas de coerción personal en el Perú, principalmente, el de la prisión preventiva -¡hasta por treinta y seis meses!-, también produce un daño irreparable en el procesado y los allegados de este. Y, como todo acto humano, puede ser un acto injusto, si carece de motivación debida y/o de proporcionalidad.

Hoy en la mañana, ante la inminente ejecución de la orden judicial de detención preliminar en su contra, el ex presidente Alan García (69) tomó un arma de fuego y se disparó en la sien, muriendo horas más tarde en el hospital donde intentaban salvarle la vida. Y el ex presidente Pedro Pablo Kuczynski (80) ahora mismo se encuentra internado en una clínica local por afección cardiaca, luego de que la Fiscalía solicitara el plazo máximo de prisión preventiva en su contra. Y es que, desde el destape del escándalo “Lava Jato” y las lodosas conexiones de la empresa brasileña Odebrecht en varios países latinoamericanos, García, Kuczynski y otros altos funcionarios -como Alejandro Toledo y Ollanta Humala-, líderes políticos -como  Keiko Fujimori y Nadine Heredia- y poderosos empresarios peruanos -(a) “Club de la Construcción”-, enfrentan graves cargos por delitos de corrupción y lavado de activos y, por ello, sus vidas conjugan con la cárcel en pasado, presente y futuro.

Imputado como cabecilla de la organización criminal “Los Cuellos Blancos del Puerto”, hace unos meses el ex juez supremo César Hinostroza (62) fugó a España, donde un tribunal acaba de otorgarle la libertad provisional, sin perjuicio de la continuación del trámite de su extradición al Perú por delitos de corrupción perpetrados en el seno del Poder Judicial y el reformado Consejo Nacional de la Magistratura.

Por otro lado, cómo no recordar la imagen del ex presidente Alberto Fujimori (80) -difundida por su hijo Kenyi-, en donde clama que “no lo maten” devolviéndolo al penal donde cumplía condena de 25 años de prisión por los hechos de Barrios Altos y La Cantuta, tras la anulación del indulto humanitario concedido de forma irregular -léase, “corrupta”- y contraria a la Convención Americana de Derechos Humanos durante el gobierno de Kuczynski.

La situación procesal de cada uno de los personajes mencionados y, en general, de todos aquellos sobre los cuales recae alguna restricción de la libertad, genera profundo dolor y otras emociones a nivel individual, sin duda. Pero ¿cómo repercute en el ámbito público?.

La corrupción y sus consecuencias también producen una serie de intensas emociones políticas en las sociedades que la padecen. Y el asco, la indignación, el dolor, el odio y la desesperanza se agravan mediante las conductas de manipulación emocional que ejercen irresponsablemente ciertos inescrupulosos sobre las masas, llegando a aprovechar -incluso- tragedias como la de esta mañana, para alimentar la tesis victimizante de la persecución política y empañar así la lucha contra la corrupción.

Como ha dicho la filósofa Martha Nussbaum, toda sociedad -sobre todo, aquellas que se definen “democráticas”- necesita reflexionar sobre la estabilidad de su cultura política a lo largo del tiempo y sobre la seguridad de los valores más apreciados por ella en épocas de tensión (2014:16). En contextos así, las pasiones políticas son inevitables, más no debemos perder de vista la tarea de cultivar “sentimientos como la compasión ante la pérdida, la indignación ante la injusticia, o la limitación de la envidia y el asco en aras de una simpatía inclusiva” (2014:16).

Por eso, la lucha -justa y necesaria- contra los males endémicos del país siempre, SIEMPRE, debe respetar la ley y constreñirse a los valores constitucionales. Lo contrario sería un signo más de la precariedad institucional/emocional en la que está sumida la sociedad peruana.

Referencias:

Nussbaum, M. C. (2014). Las emociones políticas. ¿Por qué el amor es importante para la justicia?. Traducción de Albino Santos Mosquera. Barcelona: Espasa.

Fotografía: La República
Escrito por Angela Padilla Trinidad
Artículo publicado en www.radicaleslibres.pe